Víctimas de traumatismo psíquico y
el
originario freudiano
Varios
psicoanalistas, entre los que me cuento, nos negamos a considerar el
traumatismo psíquico como un “estrés” un poco más importante que los otros. Con
referencia a los textos de Freud, es posible pensar el traumatismo como una
experiencia, más allá del principio del placer, que confronta al sujeto con lo
originario.
La
confusión introducida por el D.S.M. incita a precisar el vocabulario. En
principio, el estrés es un concepto impreciso, una palabra que designa todos
los modos posibles que tiene la angustia de manifestarse en un neurótico, o aún
en determinados casos de fenómenos depresivos o ansio-depresivos. El empleo del
vocablo estrés sirve para despojar al sujeto de lo que le sucede. Es una forma
cómoda de negar la experiencia subjetiva.
El
trauma, en cambio, es otra cosa. Durante una fracción de segundo el sujeto
creyó que su vida se detenía allí, en un relámpago se vio muerto. Pero la
muerte no llegó y, discretamente aliviado, el sujeto retoma su aliento…y se
dispone a dar los primeros cuidados a aquellos que resultaron heridos. En
pocos días, meses, o años se desencadena el síndrome de repetición.
Algunos sujetos, expuestos a esta misma situación, no experimentan este momento
de terror, como dice Freud. ¿Por qué ciertos suejtos sienten el trauma y
otros no? Dos factores son decisivos: la sorpresa y la violencia de la
confrontación. Intervienen, además, otros elementos importantes: el punto del
pensamiento en el que el sujeto estaba en ese momento, así como las
particularidades de su historia que hacen eco con el acontecimiento traumático.
El
trauma es ese breve momento de espanto en donde el sujeto se ve muerto. Hubo
una efracción, para retomar un término de Freud, en el aparato psíquico, del
real de la muerte. La muerte de sí no está representada en el inconsciente.
Cada uno se sabe mortal, pero en el fondo no lo cree verdaderamente. Es lo que
le permite vivir y hablar.
La
escena traumática penetra más allá de lo inconsciente, en ese lugar del que, en
principio, el sujeto está separado para siempre por la represión primaria. Allí no
hay representaciones, sino sentimientos y vivencias extremas y dolorosas de
aniquilamiento, de fragmentación, de goce pleno. Allí, la imagen (sin palabras) del trauma va a encontrar
de qué alimentarse.
En
este punto es necesario recordar que la represión originaria acompañó al niño
en su entrada al lenguaje. Es el mito edípico, en tanto discurso que confiere
la existencia a un sujeto, que toma el lugar del caos de esas vivencias
extremas. Así, la angustia de castración reemplaza a la angustia de
despedazamiento, en un escenario que la refiere a la culpa originaria. Precisemos
en este punto que todas las culturas, a su manera, tienen un “pecado original”
en sus mitos de los orígenes. El
universo de la falta no es tan mórbido como parece. Al contrario, en el
comienzo es el pívot de la hominización, pero guarda una cara oculta orientada
hacia nuestros primeros terrores. Estos primeros terrores son, precisamente,
los que el trauma va a despertar y poner en imagen (no en representación). Es
la falta, nuevamente, que va a ser movilizada para restablecer el dominio de la
palabra. No es sorprendente entonces, que los sentimientos de
culpabilidad sean tan intensos en la neurosis traumática. Pero están a título de fantasma y
tienen el rol de proteger la integridad del aparato psíquico.
Puede
suceder que haya una falta moral real, inclusive enorme, del sujeto en el
origen del suceso traumático. En estos casos, la neurosis traumática podrá,
algunos años más tarde, tomar una dimensión catastrófica, conduciendo al sujeto
al crimen o al suicidio en un contexto de melancolía delirante. La falta real
despoja a la falta fantasmática todo su poder estructurante. En este campo de
la patología el problema de la culpa se presenta de manera muy compleja.
En
las victimas de la catástrofe en la discoteca
República de Cromagnon el 30 de diciembre 2004, la falta fantasmática
–por ejemplo, la culpa de sobrevivir- debe poder expresarse claramente, y con
prudencia, someterlo a un cuestionamiento personal del sujeto. No se trata de
hacerla inclinar hacia una falta real, ni de hacer callar su expresión con
frase apresuradas tales como: “no, no es culpa tuya”, “al contrario vos te comportaste
con heroísmo”, “la culpa la tienen los organizadores”, etc. El grupo social en
su conjunto tiene que ser tomado en cuenta y deslindar las culpas de todo el
grupo y de cada uno de los integrantes. En esta medida es posible pensar la
responsabilidad del acontecimiento en términos de solidaridad y deuda.
La
solidaridad es el reconocimiento de
una falta original común (muerte del padre de la horda de “Tótem y Tabú”) y del
lazo que ella creó. El fantasma de la víctima encuentra allí su razón, sin confundirse
con las implicaciones más personales. La identificación fraterna se mantiene y
la reparación del daño adquiere el valor de renovación de un pacto implícito.
La
deuda es la inversa. Introduce una
disimetría en donde la víctima habrá pagado por los otros. Y los
otros están en deuda con él. Contrariamente
a las apariencias, la falta fantasmática toma aspecto de falta real. Él solo ha
matado al padre de la horda y es castigado, permitiendo que los otros sean
liberados de la omnipotencia del padre imaginario e inocentadas del parricidio.
Si la reparación se trata al nivel de la deuda y no de la solidaridad, las
cosas pasan en espejos.
Del
lado de la víctima, el postulado de una falta real refuerza la tendencia a
excluirse que produce el traumatismo. El sujeto vuelca la falta del lado del
socio, convencido con estos argumentos: “ellos no me protegen”, “falta de
solidaridad”, “me deben una reparación”.
Del
lado del socio, cuando se han agotado los efectos de la compasión y de la
fascinación, el deber de solidaridad puede ser sentido como si surgiera del
reconocimiento de una falta personal. Los allegados, los expertos, los
magistrados están guiados por el rechazo de esta culpabilidad y, en ese
momento, es la víctima que está puesta en la posición de culpable: culpable de
exagerar su sufrimiento, culpable de no hacer nada para superarlo, culpable de
reclamar una reparación exagerada, etc.
Para
concluir, es necesario volver a nuestras premisas. La cuestión de la falta es
un asunto del sujeto. Generalmente es sobre este reconocimiento que se termina
un tratamiento, en los sueños en donde se pone en escena la castración
simbólica. Lo que puede pedirse al socio es de no poner obstáculo al trabajo de
reparación.
El
terapeuta está instituido como uno de los actores de la solidaridad. El trabajo
psicoterapéutico con las víctimas implica no solo el tratamiento de una
sintomatología, sino un verdadero trabajo de re-ligado del hecho traumático, al
conjunto de un funcionamiento psíquico y de una historia singular, que permita
al paciente reanudar un sentimiento de continuidad con su ser sujeto.
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