Víctimas de traumatismo psíquico y

el originario freudiano

 

Norma Alberro

 

 

Varios psicoanalistas, entre los que me cuento, nos negamos a considerar el traumatismo psíquico como un “estrés” un poco más importante que los otros. Con referencia a los textos de Freud, es posible pensar el traumatismo como una experiencia, más allá del principio del placer, que confronta al sujeto con lo originario.

La confusión introducida por el D.S.M. incita a precisar el vocabulario. En principio, el estrés es un concepto impreciso, una palabra que designa todos los modos posibles que tiene la angustia de manifestarse en un neurótico, o aún en determinados casos de fenómenos depresivos o ansio-depresivos. El empleo del vocablo estrés sirve para despojar al sujeto de lo que le sucede. Es una forma cómoda de negar la experiencia subjetiva.

El trauma, en cambio, es otra cosa. Durante una fracción de segundo el sujeto creyó que su vida se detenía allí, en un relámpago se vio muerto. Pero la muerte no llegó y, discretamente aliviado, el sujeto retoma su aliento…y se dispone a dar los primeros cuidados a aquellos que resultaron heridos. En pocos días, meses, o años se desencadena el síndrome de repetición. Algunos sujetos, expuestos a esta misma situación, no experimentan este momento de terror, como dice Freud. ¿Por qué ciertos suejtos sienten el trauma y otros no? Dos factores son decisivos: la sorpresa y la violencia de la confrontación. Intervienen, además, otros elementos importantes: el punto del pensamiento en el que el sujeto estaba en ese momento, así como las particularidades de su historia que hacen eco con el acontecimiento traumático.

El trauma es ese breve momento de espanto en donde el sujeto se ve muerto. Hubo una efracción, para retomar un término de Freud, en el aparato psíquico, del real de la muerte. La muerte de sí no está representada en el inconsciente. Cada uno se sabe mortal, pero en el fondo no lo cree verdaderamente. Es lo que le permite vivir y hablar.

La escena traumática penetra más allá de lo inconsciente, en ese lugar del que, en principio, el sujeto está separado para siempre por la represión primaria. Allí no hay representaciones, sino sentimientos y vivencias extremas y dolorosas de aniquilamiento, de fragmentación, de goce pleno. Allí, la imagen (sin palabras) del trauma va a encontrar de qué alimentarse.

En este punto es necesario recordar que la represión originaria acompañó al niño en su entrada al lenguaje. Es el mito edípico, en tanto discurso que confiere la existencia a un sujeto, que toma el lugar del caos de esas vivencias extremas. Así, la angustia de castración reemplaza a la angustia de despedazamiento, en un escenario que la refiere a la culpa originaria. Precisemos en este punto que todas las culturas, a su manera, tienen un “pecado original” en sus mitos de los orígenes. El universo de la falta no es tan mórbido como parece. Al contrario, en el comienzo es el pívot de la hominización, pero guarda una cara oculta orientada hacia nuestros primeros terrores. Estos primeros terrores son, precisamente, los que el trauma va a despertar y poner en imagen (no en representación). Es la falta, nuevamente, que va a ser movilizada para restablecer el dominio de la palabra. No es sorprendente entonces, que los sentimientos de culpabilidad sean tan intensos en la neurosis traumática. Pero están a título de fantasma y tienen el rol de proteger la integridad del aparato psíquico.

Puede suceder que haya una falta moral real, inclusive enorme, del sujeto en el origen del suceso traumático. En estos casos, la neurosis traumática podrá, algunos años más tarde, tomar una dimensión catastrófica, conduciendo al sujeto al crimen o al suicidio en un contexto de melancolía delirante. La falta real despoja a la falta fantasmática todo su poder estructurante. En este campo de la patología el problema de la culpa se presenta de manera muy compleja.

En las victimas de la catástrofe en la discoteca  República de Cromagnon el 30 de diciembre 2004, la falta fantasmática –por ejemplo, la culpa de sobrevivir- debe poder expresarse claramente, y con prudencia, someterlo a un cuestionamiento personal del sujeto. No se trata de hacerla inclinar hacia una falta real, ni de hacer callar su expresión con frase apresuradas tales como: “no, no es culpa tuya”, “al contrario vos te comportaste con heroísmo”, “la culpa la tienen los organizadores”, etc. El grupo social en su conjunto tiene que ser tomado en cuenta y deslindar las culpas de todo el grupo y de cada uno de los integrantes. En esta medida es posible pensar la responsabilidad del acontecimiento en términos de solidaridad y deuda. 

La solidaridad es el reconocimiento de una falta original común (muerte del padre de la horda de “Tótem y Tabú”) y del lazo que ella creó. El fantasma de la víctima encuentra allí su razón, sin confundirse con las implicaciones más personales. La identificación fraterna se mantiene y la reparación del daño adquiere el valor de renovación de un pacto implícito.

La deuda es la inversa. Introduce una disimetría en donde la víctima habrá pagado por los otros. Y los otros están en deuda con él. Contrariamente a las apariencias, la falta fantasmática toma aspecto de falta real. Él solo ha matado al padre de la horda y es castigado, permitiendo que los otros sean liberados de la omnipotencia del padre imaginario e inocentadas del parricidio. Si la reparación se trata al nivel de la deuda y no de la solidaridad, las cosas pasan en espejos.

Del lado de la víctima, el postulado de una falta real refuerza la tendencia a excluirse que produce el traumatismo. El sujeto vuelca la falta del lado del socio, convencido con estos argumentos: “ellos no me protegen”, “falta de solidaridad”, “me deben una reparación”.

Del lado del socio, cuando se han agotado los efectos de la compasión y de la fascinación, el deber de solidaridad puede ser sentido como si surgiera del reconocimiento de una falta personal. Los allegados, los expertos, los magistrados están guiados por el rechazo de esta culpabilidad y, en ese momento, es la víctima que está puesta en la posición de culpable: culpable de exagerar su sufrimiento, culpable de no hacer nada para superarlo, culpable de reclamar una reparación exagerada, etc.

Para concluir, es necesario volver a nuestras premisas. La cuestión de la falta es un asunto del sujeto. Generalmente es sobre este reconocimiento que se termina un tratamiento, en los sueños en donde se pone en escena la castración simbólica. Lo que puede pedirse al socio es de no poner obstáculo al trabajo de reparación.

El terapeuta está instituido como uno de los actores de la solidaridad. El trabajo psicoterapéutico con las víctimas implica no solo el tratamiento de una sintomatología, sino un verdadero trabajo de re-ligado del hecho traumático, al conjunto de un funcionamiento psíquico y de una historia singular, que permita al paciente reanudar un sentimiento de continuidad con su ser sujeto.  

Vuelve a NI-AMAME