Con solo un agujerito en el negro se descubre un mundo de luz.

 

Silvio Locatelli

 

 

Poco antes de la mitad del Setecientos el moralista y filósofo francés Vauvenargues publicó su "Introducción al conocimiento de la inteligencia", un florecer de pensamientos sutiles e invitaciónes a la reflexión. Vauvenargues me impresionò desde que leí su sugerencia: "Hay que vivir como si no se tuviera que morir nunca". Desde nuestra visión de la vida hace falta olvidar el negro. Con solo un agujerito en esta pantalla se puede hacer irrumpir un rayo de luz. Es necesario vivir siempre activamente,  como si la muerte no nos concerniera. La vida no acaba, se interrumpe. Se pasa la mano, como se pasa el testigo en la carrera. Siempre hay alguien listo a tomarlo y a continuar. Hay que vivir con el pròjimo, encontrar amigos, transmitir aquello en que creemos.

Hace falta quedarse en el propio jardín pero no para aislarse, sino para  cuidarlo y entregarlo a los sucesores, que en èl encontraran riquezas y continuarán a trabajarlo. Cuando se pone la semilla, por algún tiempo nada ocurre, no se ve nada, pero después de la primera lluvia, un tierno verde empieza a aflorar. Tampoco la cultura, por modesta que sea, puede perderse. No hay que cansarse de buscar el diálogo, de transmitir motivos de reflexiòn. Es necesario hacer ser humildes y esperar que lo poco que hemos aprendido y construido pueda servir de estímulo a otros.

Pascal nos diò una extraordinaria imagen a propósito de los límites del saber, como estímulo a buscar siempre, siendo el campo del conocimiento infinito y abierto a todas las generaciones que vendrán. Cito de memoria: "Si seguís poniendo cosas nuevas en un globo, el globo se hinchará para contenerlas y se enriquecerá pero, mientras se hincha, mientras su superficie aumenta, aumentan los puntos de contacto con el infinito, con lo desconocido", es decir con todo lo que queda aùn por descubrir.

Una invitación a la modestia, pues, no tiene porqué hacer olvidar que la tarea de los intelectuales es importante, aunque a menudo olvidada. Non basta admirar a los adultos del pasado y citar sus previsiones. Hace falta saber sacar provecho de sus enseñanzas y empeñarse a seguir sus sugerencias.

Cuándo Rousseau escribe: "Libertad, religión y moral mueren a medida  que aumenta la prosperidad del país. Los males creados por la civilización no se curan retrocediendo, sino con una nueva civilización", nos indica claramente el camino a seguir. Sin embargo, desde siempre, una generación reputa que la nueva equivoca el paso, que el mundo de ayer fue más sabio y más verdadero, que los jóvenes se equivocan y que su empeño se dirija sobre todo hacia el ocio y la diversión, para no hablar del exceso de libertad de costumbres.

Nuestro Giovanni Papini subrayó con fineza que "Cada vez que una generación aparece en el balcón de la vida, parece que la sinfonía del mundo tenga que atacar un tiempo nuevo". No son los jóvenes que no cumplen su deber. Los jóvenes están sedientos de vida, de libertad, de deseo de conquista. Son los intelectuales que se cierran demasiado fácilmente en su castillo para mirar desde la ventana el río impetuoso que corre a sus pies, alimentado de corrientes nuevas, difíciles de sondear.

Ya en el lejano 1927 Julien Benda con su "Traición de los clérigos" trató de sacudir del entumecimiento los muchos intelectuales cerrados en su aislamiento, o peor aùn a poner su inteligencia y su cultura al servicio de la política.  Benda distinguió los intelectuales en clérigos y laicos. Los clérigos habìa que entenderlos como los estudiosos de la razón y del espíritu. Los laicos fueron indicados como aquellos que se interesaron solamente del  logro de fines prácticos. Los primeros habrían tenido que dedicarse al progreso de la humanidad, por encima de las patrias, los segundos se preocupaban de la tormenta, en oposición a los valores espirituales de los primeros. Si en aquel tiempo el predominio estuvo en las manos de los segundos, la situación no es para nada cambiada.

Benda no se limitò a subrayar la grieta entre los dos mundos de la cultura, sino que acusó a los clérigos de haber a su vez abandonado aquellos valores honorados en el pasado.

El libro dio escándalo y suscitó infinitas polémicas. ¿Pero el llamado de atenciòn para los clérigos no es quizás la exigencia de una sociedad que necesita hallar valores espirituales para liberarse de una dirección política dónde la corrupción aparece y es acogida como un mal ineluctable en el mapa del mundo?

Una vez más les toca a los clérigos dialogar con los jóvenes para buscar en su fuerza renovadora y generosa la renovación de la sociedad. Los clérigos son llamados de nuevo a la cita con el tiempo. Es una invocación silenziosa que nace de una inconfesada necesidad, ya apremiante, en el corazón de muchos. La banalidad y la superficialidad de los mensajes cotidianos de los medios de comunicación son de desconcertante desolación. Casi avergonzándose de si misma, la cultura se esconde en susurros nocturnos y en las páginas especializadas de los más eruditos. Aunque merecedora, no es suficiente la cita para escuchar la lectura de los clásicos. Es tiempo de abrir ventanas y puertas. Hay necesidad de aire nuevo. Hace falta aprender a discernir entre las voces de los jóvenes aquellos más nuevas y aparentemente locas. Allí fermenta la levadura de los grandes cambios.

 

Al querido amigo dott. Luciano Riboldi por una conversación nocturna.