Silvio Locatelli
Bernardo de Chartres, filósofo y gramático, profesor de retórica, en el lejano 1100 observa: "Somos enanos posados sobre hombros de gigantes. Así tenemos mejor modo de ver y más lejano que ellos, no porque nuestra vista es más aguda o nuestra estatura más alta, sino porque ellos nos levantan sobre su altura gigantesca". Acogemos esta observación como una invitación a la modestia. Retomamos la cauta actitud socrática, hacemos cándida profesión de ignorancia y buscamos de traer de cada relación con la cultura y con la historia del hombre una semilla de amaestramiento.
Cada período de nuestra civilización nos lleva a la imagen de problemas eternos, sobre todo si la búsqueda es dirigida a indagar los temas del espíritu. No hay modernidad más moderna de la reflexión senequiana, no hay especulación filosófica que abra el horizonte a la verdad suprema, queda solamente un perenne acercarse a la esencia y el misterio de la creación que nos conduce sin respuesta hasta los límites del gran silencio. ¿El antiguo quaestio "Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Adónde vamos"?, retomada con angustia por los Románticos, es destinada a quedar insoluta hasta que la Tierra no será borrada por el Cielo en una blanca luz cegadora, sin dejar huella, tal como han desaparecido del espacio infinitas otras estrellas, otros mundos consumidos por una energía más fuerte de la que constituyó su esencia vital.
No hay enemigo más implacable
para el hombre que el hombre mismo. Criatura no raramente elevada a las cumbres
del amor y el altruismo, el hombre queda criatura tan cruel que ha destruido
siempre y de seguirà destruyendo, testimonios de extraordinaria
civilización. ¿Quién nos devolverá las bellezas de Ninive y
Babilonia? ¿Quién nos devolverà los tesoros de sabiduría custodiados en la
biblioteca de Alejandría? ¿Quién hará jamás revivir las artes del Benin? ¿Quién
nos revolverà los pensamientos de Arquímedes silenciados por un estúpido
soldado romano? ¿Cómo remediar a los
estragos de las guerras modernas? En el instante en que el hombre tiene en la
mano un arma echa a las ortigas lo divino que le tiene en él mismo y ya no sabe
reconocer y respetar el milagro de la vida.
Me inclino
frente a lo divino que hay en ti "susurra como saludo el monje tibetano al
huésped y si este pensamiento estuviera en cada uno de nosotros el hombre
podría desenvolverse hacia el reino superior de la razón.
Razón y cultura: binomio áulico,
sin embargo no querido siempre. En el siglo XIV, cuando la enseñanza
universitaria reveló su primera crisis y semejó reponer en las manos del poder
espiritual el privilegio de la cultura, los hombres de fe se dirigieron a los
eruditos con esta admonición: ¿Para que les servirá conocer las cosas del
mundo, cuándo para ustedes el mundo tendrá fin y sobre el otro umbral se les
preguntará no qué habréis aprendido, sino qué habréis hecho? Están corriendo
hacia el infierno, dónde no existe ciencia. Desistís de este trabajo". Así el humanismo, a pesar de los muchos
méritos, señalará el tiempo de la torre de marfil. El erudito, satisfecho por
el placer de la cultura, descuidará a una de las tareas básicas del
intelectual, el contacto con las masas, la unión entre ciencia y enseñanza. El
florecer de las academias renacentistas será la confirmación de un diálogo
elitista y la desencoladura entre cultura y pueblo.
¿Sin embargo, estamos seguros que el intelectual moderno haya empezado a absolver su tarea? Su ausencia del espacio público deja demasiado margen a la política que seduce y al entretenimiento de contenido desolador.
Homenaje al amigo Antonio De Benedetto