SONREIRLE AL MUNDO

 

Silvio Locatelli

 

 

Entre las dos guerras, París cada año se esperó un regalo de Jean Giraudoux, una nueva comedia y, puntualmente, el escritor honró la cita con una joya de sabiduría y humour. París tuvo así modo de gozar y de aplaudir a obras como Anfitrión 38, Entreacto, La guerra de Troya no se hará.

Luego, cuando la confianza en el mundo y en el hombre se agrietó en el corazón del querido autor, antes de irse, en el 1944, en punta de pies, como fue su costumbre, Giraudoux dejó a todos una obra sobre que meditar: La loca de Chaillot, cuento amargo sobre la sed de especulación del que el mundo apareció afligido. 

La lección de Giraudoux queda sin embargo anclada a la sonrisa como a único remedio al mal y como celebración de la sabiduría humana cuando en el hombre aflora y triunfa la poesía.

Giraudoux cultivó por toda la vida la sagrada y loca convicción que la comunión con el mundo casi es un deber para todos y una realización poética. Entendiò la tierra como un ser viviente, con venas, arterias, estómago, corazón, con volcanes, vientos, inundaciones. Mundo, gigantesco cuerpo que se amolda, se sacude, descansa. Y el poeta hace decirle a la reina Isolda en Ondine: "El hombre ha querido una alma solamente para si. Estúpidamente ha destruido una alma general. Una alma con las estaciones enteras, con el viento entero, con el amor entero es lo que habría sido necesaria, y es una cosa terriblemente rara." 

¿Cuál posibilidad tiene el hombre de salvarse en un mundo dominado de la avidez y la violencia? 

Según Giraudoux el hombre tiene que entrar en la máquina que se le ha ofrecido, tomar los mandos, para cumplir, huésped y dueño del cuerpo, la larga travesía, sin hundirse en interrogantes metafísicos, porque la presencia de Dios en el mundo es discreta.

El mundo tiene sus leyes: el sabio las hace propias y vive en armonia con ellas". Hace falta saber vivir sin ilusiones y sin inquietudes. El hombre, aceptando las reglas del universo y la dimensión que se le ha concedida, puede competir con los dioses y vencerlos. En" Anfitrión 38" Júpiter, no logrando seducir Alcmena, de que se ha enamorado, asume los semblantes de su marido, Anfitrión.

Alcmena confesará luego que su cuerpo percibió la presencia de la materia universal (de esta unión nacerá Hércules) como si fueran cuerpos de dos acróbatas que quedan orientados uno hacia el otro después de sus ejercicios. Júpiter como dios, ha sido derrotado. No ha sido querido como dios, ha tenido que asumir los semblantes humanos, ha alcanzado solamente su objetivo por intermedio de un hombre y envidiará el humano y entenderá que también los dioses pueden aprender de los hombres.

Victoria, pues, de la poesía del corazón. El hombre no huye de la voluntad de los dioses, pero les puede oponer razón y libertad.

Y la poesía todavía triunfará en "Entreacto" con la maestra Isabella que les enseña a las niñas a vivir al unísono con el mundo. Y así al inspector escolar, que le pregunta a una niña durante una visita de rutina: Lo sabes "que es un árbol"? Cada niña tiene una respuesta que a estas preguntas opone las razones y la lógica del árbol: "El arborizo es el hermano inmóvil del hombre. En su lenguaje los asesinos se llaman leñadores, sepultureros, carboneros, mientras que el pajaro carpintero es molesto, para ellos, como las pulgas" –

"Con sus ramas nos dan señales siempre exactas. Los muertos soplan de sus raíces para hacer llegar en cima sus deseos y sus sueños" - "Y son estos las flores con que nos cubren en la primavera." 

He aquí, pues, el mundo de la fantasía iluminado por los colores del arcoiris.

Pero todo eso no puede ser que un "Entreacto" (el título de la obra, en italiano, es un prestamo del lenguaje musical): un momento en que los niños maltratados, en la visión mágica del autor, abandonan los padres, los malos y los viejos mueren y los pobres vencen las loterías. Sin embargo, como en las partituras musicales, el entreacto es breve y los inspectores escolares, los funcionarios de estado, los hombres honrados, los sabios, los farmacéuticos y los generales nos pensarán en restablecer el orden: los ricos volverán a vencer las loterías, la felicidad besará los dichosos, los niños vendrán de nuevo maltratados. 

En el momento de la necesidad los hombres volverán a pedir la ayuda de los dioses. 

En realidad la luz de la poesía es intermitente, con espacios negros demasiado amplios.