Dado que la infancia es la edad típica de los juegos y de los aprendizajes, todo lo que obstruya la actividad lúdica y educativa de la niñez atenta contra su saludable desarrollo personal y social.
El trabajo infantil es una de las barreras que interrumpen el desenvolvimiento de esas dos experiencias fundamentales de la niñez: la de jugar y la de aprender. Es, por lo tanto, una realidad que no debería tolerarse; que los niños estén obligados a trabajar es una verdadera afrenta a la civilización de nuestro siglo.
Sin embargo, esa
realidad existe y está presente con asiduidad estremecedora en todos los
continentes. Se estima que hay actualmente unos 250 millones de menores en esa
condición, comprendidos entre los 5 y los 14 años de edad.
Esos simples
datos revelan la magnitud del problema. Si bien son los países africanos
-especialmente los subsaharianos- los que alcanzan la proporción más alta (el
41%) dentro de esa cifra global, los porcentajes son también elevados en el resto
del mundo: en Asia se llega al 21%, en América latina al 16,5% y en Oceanía al
10,4. Aunque en menor cantidad, los países desarrollados cuentan asimismo en su
población activa con un número significativo de trabajadores infantiles.
Frente al penoso
cuadro de tantos chicos a quienes se les "roba" la niñez, se les
arrebata la alegría del juego y se les niega la capacitación de la enseñanza,
la Organización Internacional del Trabajo (OIT), empeñada desde sus inicios en
lograr que se aprueben en todas las naciones regímenes de trabajo que respeten
los valores humanos básicos, ya en 1919 obtuvo la aprobación de un convenio por
el cual se prohibía el empleo de menores de 14 años en establecimientos
industriales.
Ese primer paso
fue continuado por otros logros, luego apoyados por la Organización de las
Naciones Unidas (ONU) y por organismos como Unicef.
Tales avances se
consolidaron en las últimas décadas del siglo pasado con la formalización de la
Convención de los Derechos del Niño de 1989 y con el lanzamiento del Programa
Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (Ipec), concretado en
1992.
No obstante y, a pesar de lo mucho que se ha avanzado en
materia legislativa, el mal subsiste. La razón que lo explica se vincula, en
gran medida, con la pobreza y sus demandas consecuentes para satisfacer
necesidades elementales de supervivencia individual y familiar. A ello hay que añadir las perversas conductas de
explotación que se sirven de la vulnerabilidad de los niños o que responden a
la fuerza de ciertas tradiciones culturales y, en múltiples casos, al impacto
de la pandemia del sida, que en los países africanos ha dejado tempranamente
huérfanos a miles de niños.
Frente a este
cuadro tan penoso, se ha buscado concentrar los programas y las acciones
humanitarias en ciertos objetivos prioritarios, destinados a lograr en el corto
plazo una reducción significativa de las peores formas de trabajo infantil,
como son las que esclavizan, las que exponen a graves riesgos de accidentes,
las que dañan la salud moral, las que arrojan al menor a la calle. También a
eliminar, en lo posible, las formas de servidumbre por deudas, el reclutamiento
de niños para emplearlos en actos delictivos y en conflictos bélicos, la
prostitución y la pornografía. El Ipec supone no sólo la supresión de esas
formas de explotación, sino -además- el rescate de los niños afectados, su
recuperación educativa, su rehabilitación física y moral.
Como puede apreciarse, el éxito del programa está ligado a la mayor participación de una sociedad comprometida con su desarrollo. Para ello es indispensable sensibilizar a la opinión pública del mundo para que alimente con su apoyo una acción continua de protección infantil y una tarea de control que asegure el cumplimiento efectivo de las normas vigentes en la materia.
En nuestro país es mucho lo que hay que hacer. Son centenares de miles los chicos a quienes la vida se les presenta injusta y restrictiva de su potencial de desarrollo y dignidad. Es necesario que la sociedad se sienta convocada a obrar de un modo solidario y permanente, que ayude a preservar la infancia y su futuro.