Desarrollo
y sociedad.
Las
tragedias de nuestro tiempo, las catástrofes, pero también las dificultades y
la complejidad de afrontar con fatiga en forma cotidiana, no están solo el
humus en que se nutre la inhabilidad, pero también la causa que empuja la
organización psico-mental del niño a ponerse débil.
Si
examinamos la lista de las calidades negativas de un Yo-debil, podemos
reconocer en ella todos los estrangulamientos y/o aberraciones sociales que
inducen al niño, todavía no dotado de una organización firme, a no crecer, a
cerrarse, a rechazar su desarrollo psíquico y mental.
Por
esto, la inhabilidad se convierte en un modo para hacerse conocer como modelo
de respuesta a las distorsiones sociales y/o familiares, como resultado de una
psique en desarrollo que tiene que conformarse a las aberraciones que la
sociedad y/o la familia, aun involuntariamente, le imponen.
Para
hacer un ejemplo muy simple, pensamos en un niño portoriqueño trasplantado en
la famosa “gran manzana”. No logrará hacerse entender, se sentirá inadecuado,
descubrirá la vergüenza de ser rechazado por los compañeros que ademàs lo
burlan porque no tiene todas las capacidades psicomotoras que ellos han
desarrollado por la alimentación rica, por haber absorbido aquel sentido de
omnipotencia típica de su cultura.
Naturalmente
los grandes EE.UU. han previsto todo y se ponen en marcha las varias energías
del sistema asistencial. Los padres lo llevarán al centro de valoración donde
descubrirán un QI muy bajo y, por lo tanto, lo dirigirán a una escuela
especial, entre muchos niños desgraciados, insuficientes, incapaces,
marginados.
Nuestro
pequeño portoriqueño se sentirá desentonado, no considerado por sus calidades,
incapaz de conformarse a un mundo que no es el suyo y aumentará su aislamiento
y empeorará el cuadro psicopatológico.
El
resultado será un diagnóstico de autismo y la entrada en un mundo minusválido
para minusválido. Será su fin: la pérdida de su sujetivaciòn.
La eficiencia de un mundo super-tecnológico,
que corre y no tiene tiempo de valorizar las diferencias, habrá hecho otra
víctima, que conocerá a lo mejor momentos de gloria como Maradonna (con el
fùtbol) y Mike Tyson (con el boxeo), pero que inexorablemente caerá en la culpa
de no haber sabido ni siquiera explotar las oportunidades que le fueron
ofrecidas.
Si
miramos esta historia desde otro punto de vista, veremos que al Maradonna o al
Tyson de turno es dado un cuerpo sin mente. El héroe se encuentra con un cuerpo
extraordinario, pero falto de la organización psico-afectiva y psico-cognitiva
que culturiza, que da al sujeto las calidades que son indispensables para
afrontar las dificultades impuestas de la complejidad y de las contradicciones
de la cotidianidad.
Si
en cambio queremos ayudar nuestro pequeño portoriqueño y darle la posibilidad
de "salvarse", no hay que proponerle una asistencia que ante todo lo
mide en términos de QI, pero ofrecerle un ámbito que lo introduca de nuevo en
la dimensión social que ha perdido o de que no ha gozado nunca, pero que es
indispensable para favorecer el crecimiento, la integración y la armonización
psico-afectiva.
La
expresión clínica nos pone casi cotidianamente a contacto con niños y/o
adolescentes que no han alcanzado un adecuado desarrollo del sentido de si y
pertenencia porque han tenido que seguir los muchos desplazamientos de los
padres, por motivos de trabajo, y, por lo tanto, no han podido tener el tiempo
de entender, pero, sobre todo, de demostrar el propio valor y de percibir,
reconocer y querer el valor de los otros.
El
resultado de estas situaciones siempre es representado por el rechazo a crecer
y por las enormes dificultades en la organización del desarrollo psíquico. Las
consecuencias son representadas por el malestar crónico que se evidencia en el
comportamiento de niños inadaptados, insuficientes, incapaces de estructurar
relaciones sociales adecuadas y relaciones interpersonales satisfactorias.
El
descubrimiento que en cada uno de nosotros y en cada situación hay aspectos positivos
y negativos, se vuelve, por quien tiene un déficit, un modo de pensar básico
para poder empezar a crecer y, por quien se cree completamente normal, un medio
para desarrollar una verdadera integración psico-mental.
Este modelo de pensamiento se convierte en un principio fondamental para dar valor al Otro entendido como depositario de una sabiduría natural y, por lo tanto, capaz de ser guía, ejemplo y posibilidad de auto-desarrollo.
Esta
concepción humanística compromete a todos, pone en la misma altura normalmente
hábiles y “diferentemente hábiles”, porque a menudo también quién tiene
carencias tiende a valorizar y marginar a los que cree inferiores.
Consideramos
que a menudo aquellos niños minusválidos psíquicos que han salido de su túnel,
recobrando las funciones emotivas (controlandolas), afectivas (desarrolladas en
la relación y en la socialización), cognitivas (como capacidad de aprender),
tienen que enfrentarse con los organizadores (psicólogos) educadores, de los
centros de recuperación e inserción laboral porque "… no demuestran una
voluntad y una propensión al trabajo."
¿Dónde
quedan los fundamentos por los que la armonía de la vida psíquica es el
resultado de un esfuerzo de unificación que se desarrolla en nuevos encuentros,
nuevas aberturas de la conciencia, nuevos enriquecimientos del ánimo,
conciencias nuevas pero útiles para la superación de límites, restricciones
y experiencias?
El
hombre moderno choca con una sociedad violentemente cognitivista, dónde todo
tiene que ser racional, que significa sólo adecuado a los prejuicios, fríamente
materialista, utilitarista y eficiente. Nos preguntamos, a este punto, que
significa preguntar a un minusválido (que se encuentra en el camino de la
recuperación) de conformarse, de someterse a los prejuicios, a las
imposiciones, mientras nos olvidamos de recobrar aquellos espacios afectivos de
los que cada niño o chico o joven ha tenido y tiene necesidad.
Todos los M. Tyson y los A. Maradonna
en potencia, que nos circundan, esperan no una solicitud de "perfección
laboral", de inserción supina a los dictámenes de la sociedad de los
consumos, pero que les sea ofrecido un lugar libre de restricciones
cognitivisticas y capaz de acoger, de hacer crecer, de dar sentido global
(emotivo, afectivo y cognitivo) a la vida, llenandola de aquellos valores
fundamentales que se resumen en la coparticipación, en la generosidad, en el
altruismo, en la disponibilidad y en el amor.